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Maricruz Arribas

Entre la arquitectura y el arte existe una complementariedad parecida al maridaje del que hablan los sommeliers cuando se refieren a que para cada vino hay una comida adecuada y, en la combinación, ambos se mejoran. Algo similar sucede en relación a los espacios arquitectónicos y las piezas de arte. 

A diferencia de los productos industriales estandarizados que suelen servir para amoblar y decorar  de manera uniforme (a la manera de aquellos vinos llamados de casa que ofrecen algunos restaurantes para simplificar la selección y abaratar la cuenta), los objetos artísticos y artesanales (como los vinos preciados) producen un sabor distinto en el ambiente (o en el paladar). Y es que el objeto hecho a mano o intervenido directamente por su autor irradia su aura en el recinto donde se instala, mientras que los artículos producidos masivamente, podrán tener otras virtudes, pero carecen de aura, como señaló certeramente Walter Benjamin en su famoso ensayo sobre el efecto de la revolución industrial en la obra de arte.

Maricruz Arribas propone objetos auráticos en diálogo con la arquitectura. 

Formada en la Escuela de Artes Plásticas de la PUCP donde asimiló creativamente el abstraccionismo de su fundador, el pintor y vitralista Adolpho Winternitz, debutó con comentarios más que auspiciosos del crítico Luis Lama quien detectó posibles influencias técnicas del norteamericano Morris Louis y formales de, quien fuera su  profesora, Julia Navarrete. En el trayecto Arribas ha ganado premios, expuesto en los EEUU y Europa, ha merecido múltiples comentarios de la crítica, su obra está en colecciones y en locales públicos y privados. Hoy es una artista consolidada y la pintura es la columna vertebral de su vasta y plural obra que tiende puentes entre el arte y la artesanía.  Si bien es cierto que la separación entre arte y artesanía, en la actualidad, es algo anacrónica, sigue siendo útil para categorizar y diferenciar técnicas, materiales y usos, siempre y cuando se acepte que la nomenclatura de la estética kantiana que sustenta tal separación se quedó sin argumentos ante tendencias del arte surgidas después del abstraccionismo. Y Maricruz Arribas da un paso más allá de la abstracción cuando incursiona en el terreno de las instalaciones, esculturas, intervenciones y ensamblajes pisando la plataforma sentada por Duchamp.

Terminada la formación, vino el desaprendizaje, el retorno a sus orígenes, fuente imprescindible de identidad y creación: a Piura. Campo, ciudad, industria, chacra, playa, ritmo pausado de provincia, libertad. Entonces los vestigios se volvieron  valores, ahora los busca y acumula, los desmonta y ensambla, se vuelven reliquias, amuletos, fetiches. Les inscribe sus signos, instaura un lenguaje; como consecuencia surge el “Taller Huaringa”, nombre que implica antiguos lazos entre chamanismo y arte, es la “factory” de esos peculiares “ready mades” que combinan concepto y gusto.

Sobre su poética, es decir su forma de crear, Maricruz Arribas comentó para una revista china:

“Sigo mi intuición, dejo que el material me hable. No me impongo, espero, espero mucho.” 

Pareciera parafrasear al artesano del cuento de Chuang Tzu cuando le aclara al mandarín – después de que este lo alabe por la obra recién entregada- que no ha sido una creación de los dioses, como insinúa, solamente el fruto del vacío, el silencio y la observación. 

Eduardo Lores para la revista ARQ

 

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